domingo, 25 de diciembre de 2011

Tetas blancas


Sus pechos eran blancos y parecían estar vivos.
Quiero decir que parecían estar vivos como vivo está un árbol o una rana o cualquier otro ser vivo.
Eran blancos: unos pechos blancos como la cara de aquél que ve de pronto a la muerte, aunque en este caso estaban vivos. Eran blancos y estaban vivos. Yo diría que incluso me hablaron de algo, sólo que no le di demasiada importancia en su momento y pensé que era una broma pesada que mi propio cerebro me estaba gastando.
Lo curioso es que tres días después los pechos me llamaron por teléfono, lo que pasa es que apenas pude entender lo que me decían. Primero porque no había suficiente cobertura (o eso parecía), y en segundo lugar porque no paraban de contradecirse todo el tiempo, como discutiendo el uno con el otro. Creo que el pecho izquierdo me proponía ir al cine y el pecho derecho salir a tomar algo. Pero como era todo tan absurdo colgué el teléfono sin decirles nada en concreto.
Al rato llamé a un amigo y le comenté que un par de tetas blancas, blancas como la nieve de la cumbre de una montaña, me perseguían.
-Mira Luis, eso es imposible, tío. Las tetas no hablan. Abre una botella de vino y quédate en casa. Ya verás como mañana te olvidas de todo y me das la razón acerca de que no es más que una fantasía estrambótica. Hazme caso y quédate en casa -insistió-.
Y colgué.
Pero al momento el mismo número parpadeante correspondiente al de las tetas blancas insistía en el teléfono, sólo que esta vez lo dejé sonar y no contesté a la llamada.
-Malditos pechos…. –me dije cambiando la expresión de mi cara-. Y el teléfono volvió a berrear en otras dos ocasiones consecutivas.
Fue entonces cuando me acordé del consejo de mi amigo y me acerqué a la cocina a abrir una botella de vino blanco. Busqué en la nevera, en el mueble del salón y también en las repisas de la despensa, aunque no hallé nada que pudiera llevarme a la garganta, así que decidí bajar un momento a una tienda cercana del barrio: como ya era tarde tuve que caminar un buen rato hasta encontrar una que estuviera abierta.
Finalmente entré en un establecimiento, escogí un buen vino, pagué al dependiente y emprendí el camino de regreso a casa, dispuesto a olvidar todo lo que había sucedido.
De repente, al girar una esquina, me tropecé con el mismo amigo con el que había estado hablando por teléfono. Iba conversando animadamente abrazado a lo que parecían dos hermosas tetas blancas, tan blancas como el reflejo del sol sobre una pared recién encalada.
-Qué cabrón… –pensé-.
Y me subí a casa a tomarme el vino.
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